LOS TEMPLARIOS, DEL CIELO AL INFIERNO

LOS TEMPLARIOS, DEL CIELO AL INFIERNO

LOS TEMPLARIOS, DEL CIELO AL INFIERNO
Por Manuel Capella

Vivir y morir de acuerdo con unos ideales, es algo a lo que deberíamos aspirar, la mayoría de los mortales. Tal vez, hoy en día, no esté muy de moda, pero sí fue algo bastante común en ciertas épocas de la historia humana. Cosas como, el defender unas ideas hasta la muerte, el honor, la valentía sin límites, el dedicar la existencia a un causa. Precisamente, éstas son algunas de las cualidades que inmortalizaron a los más poderosos caballeros de la Edad Media; los más amados y a la vez los más odiados, los más osados y los más impenetrables, los más admirados y los más temidos: Los caballeros de la Orden del Temple… Los Templarios.

Hugo de Payens, de cuya fecha de nacimiento no tenemos noticias, pero sí de la de su muerte -1136- quizás nunca hubiera pasado a la historia de no viajar a Palestina, lo cual le penetró hasta lo más hondo de sus entrañas, fecundándole en santidad, heroísmo y leyenda a la usanza de la época. Todo lo que Hugo contemplaba y vivía era admirable y excitante, misterioso, violento, sugerente, mítico.

No es difícil imaginarle sudoroso, cansado y sediento, ir de un lado para otro; pero a la vez, empujado por una intensa fortaleza interior, verle viajando por Galilea y Samaria, visitando Nazaret, el monte Tabor, Cafarnaúm, el lago Tiberiades…
En Jerusalén, judía y árabe en aquellos tiempos, caminó y se detuvo ante el Templo, la Fortaleza, la Vía Dolorosa…. y Hugo, sintió los latidos de la inspiración en su alma y supo entonces que había nacido para consagrar su vida a la defensa y liberalización de los Santos Lugares. Con esos latidos se iniciaba una historia y una leyenda.
El y ocho compañeros más, entre los que destacaríamos a su lugarteniente Godofredo de Saint-Omer, obtuvieron permiso del rey de Jerusalén Balduino II, para establecer su morada y practicar sus primeras reuniones en un lugar junto al palacio del rey, próximo al Templo de Salomón. Por ello, recibieron el nombre de Caballeros del Temple, obteniendo y redactándose tiempo después su legalización y la bendición del Papa Honorio II, en el Concilio de Troyes. A este grupo de valientes se fueron integrando multitud de caballeros, muchos de buenas familias, dispuestos a hacer causa común: el salvaguardar los Santos Lugares y asegurar el peregrinaje de cuantos cristianos quisieran visitar Palestina.

A partir del Concilio de Troyes, el número de quienes acudían a engrosar las filas de los Templarios se multiplicó prodigiosamente. A su regreso de Tierra Santa, Hugo de Payens ya gran maestro, recorría Francia, Inglaterra y España. Su palabra vibrante y el clima de heroísmo de la época obraron milagros. Eran, monjes, caballeros y soldados, pero siempre defensores de la fe. Era una verdadera orden religiosa, pues sus individuos hacían votos de castidad, pobreza y obediencia y su objetivo seguía siendo la defensa de los peregrinos que se dirigían a los Santos Lugares.
Al regresar a Oriente en 1129, Hugo de Payens, como primer Gran Maestre de la Orden, viajaba con más de trescientos caballeros de nobles apellidos, cada uno de ellos acompañado por numerosos escuderos. Los caballeros del Temple vestían mantos blancos, con la cruz roja concedida por el Papa Inocencio II y reservada exclusivamente a los que habían hecho votos perpetuos. En el Temple no se admitían mujeres.
A fines del siglo del siglo XII, la Orden estaba integrada por 15.000 hombres y 9.000 castillos. Fue su gran esplendor. Sus colores eran el blanco, el negro y el rojo, cuyo posible significado comentaremos más adelante. Su armamento consistía en cota de malla, yelmo y armadura, escudo, lanza, espada, daga y maza. Los Templarios eran en Tierra Santa, la gendarmería de la cristiandad y en Occidente se distinguieron también como buenos economistas y administradores del dinero que se les confiaba. Los reyes les pedían adelantos sobre los futuros tributos y eran depositarios de las colectas para las cruzadas y para la Santa Sede.

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Para formar parte de la Orden era necesario el realizar ciertas prácticas iniciáticas. Algunas sirvieron de pretexto a sus enemigos durante su proceso. Parece ser, que el futuro caballero tenía que pisar un crucifijo antes de pronunciar sus votos. No se trataba de renegar de Cristo, sino de afirmar su gloria sin tacha. Para ellos, no fue el hijo de Dios quien murió en la cruz, sino un agitador político, por el que lo sustituyeron. No sabemos, si los Templarios habían obtenido de Palestina nuevos datos sobre el misterio de la Pasión de Jesús, o tal vez trataban con ello, de liberar a los judíos con los que mantenían una estrecha relación, de la responsabilidad de la Muerte de Cristo.
Disponían de aulas esotéricas donde se realizaban ceremonias presididas por el secretismo y hermetismo más riguroso. El esoterismo que presidió su vida se manifiesta en forma especialísima en los lugares donde habitaron. Resultan notorias sus frecuentes relaciones con miembros de las aljamas judías y de ellos recibieron y perfeccionaron conocimientos sobre anagramas, combinaciones y trasposiciones de las letras hebraicas, también conocimientos profundos de numerología, cábala, astrología y demás ciencias ocultas. No olvidemos, que la cábala servía de fundamento a sus laberintos.
Sus colores eran el negro, el blanco y el rojo, como antes detallábamos. El negro simbolizaba lo material, el blanco la pureza y el rojo el heroísmo. Con ello, podía verse representado la lucha para trascender de lo material a lo más sublimo y puro. La vida eterna.

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También se les asocia con las Leyendas del rey Arturo y los caballeros de la Mesa redonda, con el descubrimiento de América, ya que disponían de una flota propia que rivalizaba con la de Venecia y a través de la cual transportaban su riqueza y su poderío. Su objetivo fue en gran parte, ejercer el monopolio de la navegación entre Europa y Oriente, para lo cual disponían de puertos en Mallorca, en Colliure y en Mónaco. Pero el verdadero y gran puerto era el de La Rochelle, supuesto lugar de partida y llegada a América.
Uno de los aspectos más sorprendentes en el misterio de la Orden Templaria, fue la figura octogonal en todas sus construcciones: ermitas, iglesias y castillos, y que se repite por toda Europa. Desde el punto de vista simbólico el octógono representa en enlace entre el cuadrado y la curvatura de la esfera. Es sabido que en las ciencias sagradas aplicadas al arte, el cuadrado estaba relacionado con la Tierra por sus cuatro elementos o cuatro puntos cardinales. Por eso, casi siempre se utilizaba en el románico o en el gótico, como base de la columna que se unía al arco o el círculo situado en lo más alto del templo o edificio. El octógono era así, por consiguiente, el puente que resolvía la unión entre el Cielo y la Tierra.
Con el transcurso de los años, el hermetismo que rodeaba a los templarios hizo nacer terribles historias, relacionadas con el ritual de admisión de nuevos miembros. Se hablo que practicaban los hermanos de la Orden, la sodomía y se obligaba a los novicios a besar la boca, el ombligo y los órganos genitales del maestro oficiante. Su situación de monjes guerreros y sus votos de castidad añadieron elucubraciones perniciosas referentes a su sexualidad. Ciertamente no lo podemos conocer.

Recompensados espléndidamente por la Iglesia no tardaron en despertar la envidia de los menos afortunados, e incluso por las altas instancias reales y papales. Empezó a germinar la idea de un cambio de sus costumbres austeras, para entregarse a las orgías y al vicio. Las hipótesis más atrevidas, hacen mención a que esas fuerzas sobrenaturales que ellos empleaban y les sirvieron para alcanzar la gloria, se volvieron en su contra. Tampoco nunca lo sabremos con certeza, pero de ser así lo hicieron de una forma terrible y despiadada. Lo veremos en el próximo artículo. Los templarios iban a pasar de ser los defensores y héroes de la Cristiandad a ser perseguidos y masacrados por la Santa Inquisición. El reflejo más oscuro y siniestro de ella.

Su drama y ocaso

En el año 1299, hubo un atisbo de esperanza para la cristiandad. Los tártaros mongoles, declararon la guerra a los musulmanes. Era una ocasión propicia para los caballeros que aún luchaban en Tierra Santa; de forma especial, ¿como no? para los templarios, siempre en vanguardia. Por aquel entonces, Jacques de Molay, en el que iba a consumarse la gran tragedia de la Orden, era gran Maestre desde 1298. Jacques de Molay no dudó en sumarse a los mongoles, convencido de que aquella era la última oportunidad de imponerse a los infieles, dueños de casi todo el territorio.
Las batallas fueron terribles. El éxito coronó el empeño de tártaros y templarios con la conquista de numerosas plazas y sobre todo de la ciudad santa de Jerusalén. La victoria conmovió a Occidente porque aquellas victorias podían convertirse en decisivas. Pero no hubo tiempo de perpetuar lo conquistado. Los reyes de la cristiandad no se dieron prisa alguna en organizar tropas y ayudas. Les preocupaban más sus conflictos internos, sus intrigas y sus ambiciones personales. Los templarios, custodios de la Ciudad Santa poco pudieron hacer y se retiraron. Tal vez, en ese momento comenzó su drama. Jacques de Molay consideró la posibilidad de construir en Chipre la Casa Madre de la Orden. No fue viable el propósito porque los caballeros del Temple, envidiados y odiados y sobre todo, al sabérseles débiles, cabalgaban hacia su ocaso. Sin objetivos ya, sus enemigos comenzaron a propagar todo tipo de noticias contra ellos. Calumniosas o ciertas, es difícil de precisar.
De Chipre fueron a Sicilia y de Sicilia a Francia, intuyéndolo pero resistiéndose a admitirlo la Orden del Temple carecía de sitio en Europa. Los monarcas celosos de sus privilegios, no estaban dispuestos a permitirles intromisión alguna en cuestiones religiosas o de gobierno. Aún entonces, jinetes admirables, tenían tanta inteligencia, destreza y rapidez, como torpeza, lentitud y falta de imaginación la pesada caballería feudal. Ojos envenenados de envidia, los veían cabalgar por todas partes sobre sus admirables corceles árabes. No podían cambiar sus vestiduras, pero poseían preciosas armas orientales, templadas con fino acero y ricamente damasquinadas.
Además la continuada permanencia de los templarios en Oriente produjo una ósmosis inevitable entre los caballeros de la Cruz y los caballeros de la Media Luna, lo que iba a ser utilizado en un futuro muy próximo para añadir una más, a las muchas acusaciones que se les hicieron ante el tribunal y el potro. Se les empezó a acusar de desviaciones religiosas, traiciones a la fe, profesión secreta de herejías gnósticas aún vivas en un Oriente saturado de la sabiduría y el misterio de Egipto.
Si añadimos a ello, que el Gran Maestre, Jacques de Molay, intrépido y valeroso en mil batallas, y cristiano a la usanza de la época; era un hombre en exceso apasionado, poco cauto e incapaz de dialogar en la sutileza, tendremos un cuadro exacto del prólogo de su tragedia. Pese a que los Templarios seguían pisando fuerte, sus pies ya eran de barro. Jacques de Molay llegó a Francia bajo el reinado de Felipe IV “el Hermoso” . Había apadrinado a un hijo del rey y jamás hubiera podido imaginar que el hombre al que honró con tal distinción, se convirtiera en su verdugo. Pero Felipe IV había contraído una gran deuda con la Orden y empezó a ver con buenos ojos las acusaciones que se iban vertiendo contra ella.

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Esquiu de Floyrano, hombre oscuro y misterioso que odiaba a muerte a los Templarios, sin que se conozca la causa de ello, aprovechó el Cónclave de Pérouse para verter innumerables acusaciones contra la Orden, que transmitiría más tarde al rey Jaime II de Aragón y a Felipe IV. El primero de los monarcas despreció la denuncia, pero el segundo, cuya alma no poseía las cualidades del apodo de su nombre, vio en tales revelaciones un pretexto para solicitar del Papa Clemente V la fatal extinción de los Templarios. No conforme con ello, en espera de la respuesta del Papa, el rey de Francia comenzó a cursar órdenes de apresamiento contra algunos de los caballeros.
El 13 de Octubre de 1307, se daba la orden de arrestar a los templarios y el rey se apoderaba aquel mismo día de la Torre del Temple de París, con la sumisa aprobación y hasta con el aplauso de la alta jerarquía eclesiástica. La sorpresa fue tal, que la huida resultó imposible. Algunos caballeros se arrojaron desde lo alto de las torres o se ahorcaron. Tantas fueron las arbitrariedades y los horrores de aquel proceso, que prefiero omitirlos. Pero si el “Infierno” existe y confiemos en que no, lo que sucedió a partir de entonces no puede ser mucho más horrible que lo acontecido en el proceso contra los Templarios. Sólo las más retorcidas, crueles y perversas mentes humanas pueden imaginar tales tormentos.

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Los Templarios iniciaban un viaje desde su ansias de salvación eterna, de querer conquistar la gloria de un “Cielo” en la Tierra, al “Infierno” de la Inquisición. Muchos, decididos a sufrir un suplicio corto decidieron declarar todo lo que les pidieran. El día 3 de Marzo de 1314, Jacques de Molay, junto a otros caballeros Templarios, a pesar de sus declaraciones de inocencia para sí, fueron quemados vivos por herejes en los arrabales de París. Se cuenta que cuando el “Gran Maestre” vio la hoguera dispuesta, se desnudó y sin titubear, quedándose en camisa, suplicó: “Al menos, dejarme que junte un poco las manos para orar a Dios, ya que voy a morir”. Sus verdugos accedieron a tal petición y en actitud de oración, fué consumido por las llamas. En aquel momento, Jacques de Molay, lanzó una profética advertencia al rey Felipe IV y al Papa Clemente V: “En poco tiempo, pagaréis vuestros pecados. Estoy convencido, que en poco tiempo, Él vengará nuestra muerte”. Y curiosamente así fue, los dos principales verdugos del último “Gran Maestre” del Temple, perecieron no mucho tiempo después, tal como había vaticinado Molay. El Papa Clemente V, lo hizo apenas transcurrido un mes y el rey Felipe IV “el Hermoso”, a consecuencia de una caída de caballo, ocho meses después de la ejecución de Jacques de Molay. Esto dio pie a otro mito sobre la Orden: el de la “Maldición de los Templarios”
Los miembros de la Orden que consiguieron eludir las cárceles hallaron piadosos refugios en casas de familiares y amigos y de forma especialísima en instituciones religiosas. Los templarios fueron a partir de entonces protagonistas de toda clase de leyendas. Se les relacionó desde con la Búsqueda del Santo Grial hasta en el descubrimiento de América, suministrando información a Colón. Muchos, diseminados, todavía siguieron luchando y perseveraron secretamente en sus ideas. Otros, culminada la persecución, permanecieron ocultos, iniciando así una nueva vida y los más se integraron socialmente. Desde Hugo de Payens hasta Jacques de Molay, habían transcurrido cerca de trescientos años.
Creo que los Templarios aún viven en nuestros recuerdos. ¡Simbolizan tantos valores latentes del ser humano!. Desearía recordar a aquellos caballeros como los guerreros que fueron, defensores de los más altos ideales, como unos auténticos cultivadores de las ciencias ocultas, como los magos que perseguían la materialidad y buscaron la trascendencia del espíritu, integrando la sabiduría de los ocultos secretos de la vida y la muerte, a la intransigencia y oscurantismo de la época. Tal vez, estoy contribuyendo a agrandar su aureola de misterio y romanticismo, pero no sería descabellado pensar que utilizaron sus conocimientos esotéricos para cimentar su obra.
Pero no puedo evitar que vengan a mi memoria los terribles sufrimientos que padecieron y que quienes idearon aquellas atrocidades pertenecen a nuestra especie. Nos queda la amargura de pensar, que toda esa crueldad está también latente en nosotros y presta a manifestarse en cualquier instante. Los inquisidores quisieron mostrar aún en vida a sus enemigos, los horrores del Infierno en el que ellos sí creían y con el que amenazaban al que no siguiera sus dictados.
Pero entre su gloria y su ocaso, su esplendor y su drama; nos queda su historia y su leyenda. Una historia, donde es fácil evocarlos, cabalgando orgullosos por las campiñas de la Europa Medieval. Un grupo de aldeanos, cosechando sus sembrados, advierte su llegada. Uno de ellos, nervioso y excitado, vuelve su cabeza hacia los demás y dirigiendo su mano hacia la lejanía, les avisa de la presencia de los valientes caballeros. Su voz trémula y agitada, parece desprender admiración, temor y respeto. “Los Templarios” nos parece escucharle.
Sí, parece que los estoy viendo. Ahí vienen victoriosos de la lucha, los soberbios guerreros de mantos blancos y cruz roja, que entraron en la leyenda. Al frente de ellos, creemos vislumbrar juntos, a sus dos más emblemáticos representantes, Hugo de Payens y Jacques de Molay. No me importa que les separen trescientos años de historia, ya que fueron sus deseos de salvación eterna, los que les hicieron vencedores en la batalla.
Creemos en la inmortalidad. Pero además, para mí, quien lucha y muere por un noble ideal, merece sobrevivir y perpetuarse para siempre. Por ello, los Templarios, en su aspiración por ganar el “Cielo Eterno”, fueron, son y serán, caballeros portadores de eternidad.

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