«Horror en los Andes» por Iker Jiménez

«Horror en los Andes» por Iker Jiménez

«Horror en los Andes» por Iker Jiménez

Escribo la crónica convencido de que esta noche nace un nuevo mito universal del horror. Del horror absoluto e inconcebible. De un horror real que no cabe en la imaginación del escritor más lóbrego que jamás haya existido.
Sábado 21 Noviembre 2009
 No sé cómo irá derivando la investigación policial y periodística, pero es probable que el silencio, como una nube oscura y densa, pronto lo envuelva todo con el objetivo de no asustar a la población. O que actúe la confusión deliberada para borrar lo profundo de este asunto. Los científicos, médicos y opinadores de todo tipo no pueden dar crédito. Los antropólogos, y los que saben que el rito de sangre y muerte no está desterrado del corazón del Perú, saben que todo puede ser perfectamente cierto.
A nadie le gusta que ocurra esto. No son crímenes normales. Muestran la larga faz de lo maligno y lo sobrenatural. Y eso hay que borrarlo pronto. Porque da miedo a un nivel subconsciente muy profundo.
Esta misma noche de espanto, he movido mis contactos. Conozco buena gente en ese país de la arqueología y el misterio. Ese país brutal y fascinante como ningún otro. Y los ecos que he escuchado, espantan.
El primero que me enseñó el terrible significado de la palabra “Pishtaco” fue el gran arqueólogo italiano Giuseppe Orefici, 30 años excavando allí, mientras sorteábamos en furgoneta los cementerios sin nombre camino de la gran ciudad ritual de Cahuachi.
– Es el vampiro andino. De aspecto pálido. A veces con barba. En él creen ciegamente las gentes de este entorno. Decapita, y saca la grasa. A mi me llegaron a tomar por Pishtaco y se cruzaban de acera en Nazca cuando llegue hace treinta años. Me hacían el signo de la cruz.
Pishtay significa en quechua “cortar en tiras”. Y eso es lo que hacía una hermandad de la muerte. Un grupo de personas, a estas horas no se sabe cuantas, que, escondidos en la región inaccesible de Huánuco, donde las quebradas andinas suben miles de metros y a sus faldas nace la selva de virgen de Tingo María, utilizaban con destreza mortal la “wincha”, una especie de hoz larga y ancestral para decapitar al solitario viandante que caminase por los cerros sin nombre. Casi siempre el muerto seguía caminando unos metros sin cráneo. Como un fantasma que va hacia el otro mundo.
Precisamente en el Cerro Quemado –en el Perú muchos lugares tienen nombres que estremecen- han comenzado a surgir pies y cabezas. Trozos humanos como desaguadero de una labor paciente y satánica realizada sin descanso durante los últimos treinta años.
Sólo utilizaban, según ha confirmado la Dirección General de Criminalística, el tórax y los muslos. Las zonas del cuerpo con más grasa. Después, con el cuerpo desmembrado, construían un trípode de pesadilla, con ramas, coronado por “ganchos en forma de S”, donde el desgraciado colgaba durante días. Debajo, un perol de hierro en el que, por la acción de seis u ocho largos cirios de iglesia, caía la grasa y el aceite humano.
¿Han escuchado o imaginado algo más terrible alguna vez? ¿Algún novelista, cineasta o pintor ha creado algo semejante a lo largo de los tiempos?
Lo dudo mucho.
Conozco algo el Perú. País de países, con dioses amenazantes prehispánicos y mensajes dirigidos al cielo. Con pagos de muerte a la madre tierra. Con las ruinas más asombrosas del planeta y los lugares de sufrimiento y dolor a los que nadie quiere acudir. A estos enclaves ahora hay que sumar decenas de casetas de adobe perdidas por los montes, metidas entre la vegetación, apenas un muro y una techumbre donde, solitarios, los cuerpos se balanceaban, sin cabeza, boca abajo, asados por la lumbre. Después, un grupo de mujeres, las mismas que según los primeros detenidos efectuaban una serie de cánticos de origen desconocido al iniciarse el proceso, destilaban el preciado líquido. Otros lo embotellaban. Otros lo vendían. Otros, al parecer y mientras no se desmienta, lo compraban en Europa.
Todo es tan delirante, tan irreal, tan infernal, que cuesta creerlo. El Ministro del interior, Octavio Salazar, dijo hoy que estos crímenes “son increíbles, pero son verdad”.
A los antropólogos, a los arqueólogos, a algunos periodistas inquietos de verdad, al pueblo humilde de esa región, esto no les extraña. Ya lo contaban sus padres, sus abuelos. Conocen el rito, lo arraigado de algunas prácticas que tienen que ver con una cosmogonía propia. Quizá ni siquiera ellos esperaban una serie de acontecimientos que dejan en travesura a Jack El Destripador, Landrú, La familia Mansón y Drácula juntos. El ambiente, lo recóndito de los lugares, el botín hallado -17 litros de grasa humana embotellada- las consecuencias que acarrea todo este comercio- del que en España ya tuvimos muestra con ilustres como La Vampira de Barcelona, El Mantequero de Málaga, El Hombre Lobo Romasanta o los Sacauntos de Gador- y la frialdad de los detenidos, nos muestra un puzlzle tan oscuro, que parece que estamos asistiendo a la apertura de una boca del infierno en la tierra.
Hace apenas dos semanas contaba en Milenio3 un caso que me había impresionado tras mi último viaje al Perú. A unos cientos de kilómetros de Huánuco, en el poblado fantasma de Uchuraccay, ocho periodistas eran mutilados por un grupo de habitantes. Nunca se supo que ocurrió de verdad en aquella noche de sangre. La comisión de Vargas Llosa demostró que había enterramiento propio de caso de exorcismo. Boca abajo, con los ojos arrancados y la lengua partida. Cuatro meses después encontraron el rollo de película donde una de las víctimas, que no dejo de disparar su cámara, mientras los destruían lentamente con instrumentos ancestrales y extraños. Como la wincha.
Algunos sabios me llamaron exagerado. Sensacionalista. Lo que a veces dicen los que en el fondo parece que se asustan al ver las fuerzas más oscuras de la naturaleza en acción. Los que se quieren creer que esas fuerzas no existen. Los que, ahora mismo, ya estarán trabajando, en el Perú y a nivel global, para que la opinión pública no tenga una imagen muy cruda del horror y del misterio. Los que intentarán, poco a poco, que el asunto se olvide y quede sólo como una leyenda de gentes incultas. Dentro de poco a lo mejor logran decir que nada de esto sucedió. Que fueron unas simples reyertas campesinas. Todo excepto ir al fondo de la cuestión. Porque el fondo es un enigma. El enigma de lo diabólico, de la magia negra real. Algo que nada ni nadie ha logrado desterrar. Es probable que pronto se difundan noticias, datos contradictorios, para eliminar cualquier alusión a lo ritual.
No sería la primera vez.
Y es que lo ritual, cuando es auténtico y no de cartón piedra, da miedo. Da miedo la creencia en lo extraño cuando la sociedad está capitalizada por personas que saben mucho de bluetooth y de columnas de opinión pero que no conocen por ejemplo, el Perú Profundo. Ese que sí cree en lo que ellos ya no quieren creer.
Da miedo pensar en magia que mata y en creencias sobrenaturales que desangran. No va con estos tiempos científicos. Con los tiempos asépticos. Con estos tiempos donde parece que ya conocemos todo de nosotros mismos. Que no hay ya rincones umbríos en nuestro interior. Por eso cuando aparece el diablo humano, o el vampiro auténtico, hay una especie de consternación. Pero pronto pasa. Ahora hay que desacreditar, o por lo menos quitar la pátina de misterio, de toda esta noticia que no le gusta a nadie.
Esto son cosas como para el Iker Jiménez ese y sus programas. Esos programas a los que, convenimos globalmente, no hay que hacer mucho caso. Ya tenemos una tele que habitualmente nos cuenta la verdad establecida. Con deporte, corazón, política.
Cuando el rito aparece, surge el horror. Rompe toda esa tranquilidad cotidiana. La cercena, como una hoz en mitad de la noche y la montaña. Nos asoma al abismo de nuestra propia especie. Algunos dan la noticia, para rellenar, sin comprender su profundo significado. Pero en muchas partes del mundo, lo sobrenatural, la magia, la conexión maléfica con la tierra, va más allá. Más allá de lo que concebimos en nuestro mundo globalizado, aséptico y alienado.
No le darán importancia que merece a la historia de los Vampiros de Huallaga, nombre del río serpenteante donde tiraban los restos inservibles de las víctimas. En el futuro, este nuevo mito del horror universal, solo será tratado, o en reuniones y congresos muy restringidos de criminología o psiquiatría, o en programas, si los hay, como Cuarto Milenio o Milenio3. Programas que, para algunos, hay que observar como si lo que se contasen fuesen fábulas. No vayamos a creernos que esto pasa de verdad. No vayamos a asustarnos.
El arqueólogo Orefici, con revólver al cinto, es probable que esté más vigilante estas noches. A él no le engaña la realidad global, sabe lo que ocurre algunas madrugadas también en los desiertos. Sabe que aunque parte de la sociedad quiere arrancar estas creencias, otra parte cree en los vampiros, en los diablos. Y a veces, como en este caso, se convierten en ellos.
El Averno se abre entre los andes y la selva. Ayer por la noche, apareció otro cuerpo. Un torso. Había sido desgrasado al calor de los cirios. Su nombre Abel Matos Aranda. Veintisiete años.
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Había nacido en una pequeña aldea cercana, muy pobre, donde seguro que de niño le hablaron de los pishtacos que merodean por los caminos.
Ese pueblo, a pesar del infierno tan próximo, se sigue llamando Paraíso.
Iker Jiménez    
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