Guerra en Libia: la furia francesa

Guerra en Libia: la furia francesa

Ataques selectivos, zona de exclusión aérea -y lo que haga falta- para cobrarse por fin la cabeza de Gadafi: los cazas Rafale efectuaron sus primeros vuelos por el cielo de Libia el sábado a primera hora de la tarde, inaugurando la campaña de bombardeos en la que participan también cazas británicos y barcos estadounidenses. Francia, de vuelta de los pequeños compromisos y las grandes cegueras de principios de año sobre el alcance del «despertar árabe», por fin tiene su «gran causa» de saneamiento público internacional, recupera sus cánticos sobre los derechos humanos y puede poner música a la injerencia al estilo de Kouchner. Y poco importa la letra de las resoluciones con tal de que sean embriagadoras…
La luz cambió a verde, se ha conseguido la legalidad: el Consejo de Seguridad dio su bendición el 17 de marzo al votar la resolución 1973 sobre Libia; y un desayuno-cumbre organizado deprisa y corriendo el sábado en el Elíseo reconfortó al inesperado «derrocador» de Gadafi. Pero los debates de la ONU ya están lejanos: la experiencia demuestra que no hace falta ceñirse mucho a la letra de las resoluciones, cuya aplicación se hace a menudo de forma «escurridiza» en función de las intenciones de quienes están encargados de interpretarlas y ponerlas en práctica. Por ejemplo, con esta invocación en bucle de la necesidad imperiosa de «proteger a las poblaciones» (Civilian protection):
– Las «poblaciones», como tales, fueron el objetivo en la primera fase de la represión, cuando los policías libios y después los mercenarios africanos dispararon sobre los manifestantes causando varios cientos de víctimas. Pero si trataron a todos los opositores como «terroristas de al-Qaida» o «bandidos», entonces no hubo una política de masacre deliberada de civiles. Si hubiera sido así, sin duda la resolución de la ONU se habría adoptado mucho antes. Con sinceridad o no, el gobierno libio ha pedido sucesivamente a los civiles que se apartaran, que depusieran las armas, que se unieran, que se beneficiaran de una amnistía, etc.
– Hay un millón de habitantes en la región de Bengasi, pero una parte de los civiles también son… combatientes que pertenecen a… un ejército, aunque éste parezca improvisado y poco eficaz. Se trata de soldados a veces muy curtidos, en especial exmilitares o policías que se han unido a la rebelión (incluidos algunos generales); o reclutados más recientes, de origen civil pero que desde hace algunas semanas manejan armas, incluidas las de calibre respetable (morteros, ametralladoras, baterías antiaéreas, etc.) e incluso pesadas (algunos tanques, algunos aviones). Ésos ya no son civiles indefensos (clásicamente las mujeres, niños, ancianos, enfermos, etc.).
Guerra secreta
Por lo tanto es inútil disimular. El objetivo no es únicamente proteger a los civiles: es revertir el curso de la batalla permitiendo que los insurgentes no la pierdan y en consecuencia conseguir la caída del régimen. Éste es el verdadero «objetivo de la guerra» o «el efecto final buscado» como dicen los militares, que siempre quieren tener claro adónde van.
Ya que el «¡Fuera!» que ha hecho furor en las últimas semanas en el mundo árabe no ha sido suficiente en Libia para hacer que cayera el fruto (al parecer no tan maduro como en Túnez y en Egipto), hacía falta un empujoncito de Occidente, que tenía una vieja cuenta que saldar con el agitado dictador de Trípoli el cual, a su vez, está en tensiones con una buena parte de la Liga Árabe y de la Unión Africana. Pero aquí nos hallamos en el terreno de la geopolítica más que en el de lo humanitario que pretende la resolución de la ONU.
Otro aspecto que puede prestarse a confusión: la intervención terrestre –la única que puede conducir a la caída total del régimen de Gadafi- se descarta explícitamente en la resolución de la ONU: «…con la exclusión del despliegue de cualquier fuerza de ocupación extranjera, bajo cualquier forma y sobre cualquier parte del territorio libio».
Por otra parte los principales socios implicados no desean, en principio, que sus tropas aparezcan como invasoras u ocupantes de un país árabe o musulmán en la estela de lo que se hizo en Irak o Afganistán. Por lo tanto no debería hacerse una intervención terrestre. Pero existen medios para esquivar la dificultad:
– El suministro indirecto de armas a través de terceros proveedores.
– El envío de «asesores» para entrenar a los insurgentes libios.
– La acción clandestina llevada a cabo por los comandos («enfoque» de los ataques, atentados, sabotajes, provocaciones).
Un equipo de comandos británicos fue interceptado el mes pasado… por los rebeldes –indicio de la «guerra secreta» que casi siempre precede o acompaña a una operación «oficial»-. Por otra parte, la resolución 1973 autoriza «la utilización de todos los medios necesarios» para proteger a las poblaciones, lo que finalmente concede un margen de interpretación bastante más amplio…
Revestimiento político
Esta guerra por la democracia en Libia (¡en el mejor de los casos!), estimulada por Francia, es esencialmente una guerra de Francia y Gran Bretaña, ambos países dirigidos por gobiernos conservadores: sin remontarnos a las guerras mundiales, podemos recordar la expedición conjunta al canal de Suez, en 1956, y la firma entre París y Londres, en noviembre de 2010, de una batería de acuerdos de cooperación militar con una epígrafe relativo –por primera vez- a la disuasión nuclear, un tipo de armamento que sólo estos dos países poseen en la Unión Europea.
Por lo tanto ésta es la ocasión de desembarazarnos de un régimen desacreditado, impresentable, etc. –la paradoja es que en los últimos años dicho régimen se había enmendado y le habíamos reintegrado parcialmente en el juego internacional-. Italia le convirtió en su socio favorito en materia económica y también en la lucha contra el terrorismo y la emigración ilegal. Francia firmó con Trípoli un acuerdo de defensa en clave de ventas de armamento y cooperaciones (que en su mayoría, por suerte, visto retrospectivamente, no se llevaron a efecto). Y ahora París se encuentra en la situación de tener que destruir en Libia los últimos Mirage de fabricación francesa vendidos en su momento y recientemente modernizados por Dassault… con el apoyo del Estado francés.
Los estados mayores de París y Londres preparan desde hace semanas los escenarios de la intervención. Por otra parte, en estos días, han llevado a cabo en Francia un ejercicio conjunto denominado «Southern Mistral», que se prevé de larga duración, cuyos medios técnicos y humanos pueden derivarse hacia la operación actual. Pero en realidad, aunque ellos niegan que estén en primera fila, los militares estadounidenses garantizan lo esencial de la coordinación de la operación, en particular desde su estado mayor aéreo en Ramstein, Alemania. Aunque Francia se adjudique el papel protagonista Estados Unidos es la «nación-marco» (la que toma las decisiones por delegación de las demás, N. de T.) de hecho, al menos por ahora.
Mini coalición
Algunos datos políticos-diplomáticos:
– Los ejércitos de esos tres países están respaldados, con una participación menor, por Canadá, Dinamarca, Noruega, Polonia, España y Bélgica.
– Italia, que quiso evitar el compromiso hasta el último momento, aceptó que la mini coalición utilice sus bases del sur.
– Alemania y Turquía han hecho todo lo posible para quedarse fuera de esta iniciativa.
– Los estadounidenses, que se han hecho de rogar desde hace varias semanas (¿debido a la peligrosa situación en Bahréin y Yemen?), sólo aceptaron aportar su voto y su ayuda cuando se vio que el régimen de Gadafi podía salir del apuro e incluso salir fortalecido de la aventura; afirman que su apoyo a la operación es «limitado» (Barack Obama);
– La OTAN es mantenida a distancia –sobre todo por parte de los franceses- con el fin de hacer que se olvide la calamitosa operación actual de Afganistán, pero actúa bajo cuerda.
– La Unión Europea, como institución, una vez más está marginada: el gigante económico lucha por definir y poner en práctica una política exterior y de defensa conjunta.
– Rusia y China han dejado hacer (Gadafi no es defendible ni siquiera por ellos) al renunciar a su derecho de veto: porque tienen otras cosas que hacer, sin duda (ver más adelante lo que dijeron en Nueva York).
Algunos pequeños países de la Liga Árabe están llamados a hacer la figuración para «vestir», sobre todo en un plano político, la intervención franco-británica-estadounidense: Líbano, Katar (el único que ha comprometido cuatro cazas, en estrecha colaboración con el ejército del aire francés), los Emiratos Árabes Unidos y Jordania. Pero los vecinos inmediatos de Libia (Túnez y Egipto), todavía frágiles, permanecen discretos. Sudán, Chad y Argelia tampoco se dan por aludidos, etc.
Banquete de ataques
En realidad el atrezzo no es tan rutilante como los hechos: después de las primeras oleadas de bombardeos, ya el domingo el secretario general de la Liga Árabe, Amr Moussa, estimaba que «se están desviando del objetivo de imponer una zona de exclusión aérea», una medida apoyada desde el principio por la organización panárabe. En cuanto a la Unión Africana, cuya participación en el «banquete de ataques» se anunció el sábado al mediodía en el Elíseo, no está representada y el domingo exigió «que callen las armas». El almirante Mike Mullen, jefe el estado mayor estadounidense, recordó el mismo domingo que el objetivo perseguido no era, en principio tomar el régimen de Gadafi como tal, con lo que pareció que se alejaba de las bravatas francesas y británicas.
Pero con respecto al Elíseo, la bonita operación de política interior y exterior de Nicolas Sarkozy, flanqueado por el dos veces ex primer ministro Alain Juppé, convocado en auxilio de una diplomacia francesa en peligro –cuya actuación como «nación-marco» de una operación multinacional podría hacer que se olvidasen… las elecciones cantonales; las inquietudes sobre la seguridad de las centrales en Francia, campeona mundial de la electricidad nuclear; las catástrofes en Japón… Nada como una buena guerra, sobre todo si no es muy difícil de llevar a cabo, para conseguir que se muevan las líneas… políticas.
Objetivos prioritarios
El montaje de esta coalición, una vez vestida políticamente por la ONU, la Liga Árabe, etc., plantea, sobre todo, problemas de coordinación y de eficacia sobre el terreno, la dificultad de distribuir las tareas y de determinar los objetivos y su prioridad en la fase de los primeros ataques: desde una óptica estrecha se trata de los radares, sistemas antiaéreos, pistas de aviación y bases aéreas. Desde un punto de vista más amplio, que parece que se ha adoptado de entrada, un abanico de objetivos que puede ir desde los centros de mando, cuarteles, etc., hasta los blindados o las columnas de vehículos del ejército de Gadafi e incluso a sus líneas de abastecimiento o sus instrumentos de comunicación y propaganda, como los transmisores de radio y televisión.
El domingo por la tarde la coalición afirmó que había parado el avance de las tropas de Gadafi sobre Bengasi y que había golpeado, en diferentes grados, 20 objetivos de 22 (entre ellos los sistemas de defensa antiaérea y los nudos de comunicación estratégicos, todos en la costa mediterránea), especialmente durante la noche del sábado al domingo, con los disparos de un centenar de misiles de crucero Tomahawk efectuados por los barcos y submarinos estadounidenses.
Sobre un plano técnico, el cóctel de medios reunidos por Francia con sus aliados parece muy consistente, sobre todo si pensamos en la relativa debilidad de los medios de los que dispondría el régimen de Gadafi, desorganizado además por dos o tres días de ataques intensivos: como mucho unos cuarenta mil soldados, de ellos menos de un tercio de tropas de élite, y una fracción de mercenarios africanos; una docena de cazas y otros tantos helicópteros que estarían en estado de vuelo (antes de los ataques); blindados de modelos antiguos, etc.
Para conseguir el respeto de una zona de exclusión aérea en el tiempo haría falta movilizar:
– Medios de observación (de los satélites estadounidenses) y de control o guía (aparatos AWACS franceses o de la OTAN).
– Escuadrillas de cazas (Mirage, Rafale, Tornado, F16), y sus aviones-cisternas.
– Bases (como la Solenzara en Córcega, situada a una hora de las costas libias, o las bases EE.UU.-OTAN de Sicilia).
– El portaaviones francés Charles de Gaulle, que zarpó el domingo, tomará el relevo a lo largo de las costas libias, donde ya cruzan varias unidades de la marina de Estados Unidos y de la del Reino Unido.
Razones de principio
Para información, aquí –tal como las presenta Jean-Dominique Merchet en su blog Secret défense– las razones que han dado los cinco países (de un total de quince) del Consejo de Seguridad que se abstuvieron de apoyar la resolución franco-británica:
– Alemania «no quiere comprometerse en un enfrentamiento militar».
– La India está convencida de que «prácticamente no existe ninguna información fiable sobre la situación en el terreno» que pueda justificar la decisión de establecer una zona de exclusión aérea y «tampoco sabe cómo se van a aplicar las medidas tomadas».
– Brasil estima que «el texto presentado hoy considera medidas que van más allá de la petición de la Liga de los Estados Árabes que pedían medidas contundentes para acabar con la violencia (…) No estamos convencidos de que la utilización de la fuerza permita llegar al objetivo común de acabar con la violencia y proteger a los civiles».
– Rusia se opone «por razones de principio» y lamenta el hecho de no haber obtenido respuesta sobre los medios que permitirán establecer el régimen de exclusión aérea. «También hemos visto pasar ante nuestros ojos un texto cuya redacción no ha parado de cambiar, sugiriendo incluso en algunas partes la posibilidad de una intervención militar de envergadura».
– China recuerda que «siempre se ha opuesto al recurso de la fuerza en las relaciones internacionales» y que «ve muchas dificultades con respecto a varias disposiciones importantes del texto de la resolución» 
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