GUERRA DE LIBIA

GUERRA DE LIBIA

Hakim Abdalá irradia felicidad rodeado de viviendas en ruinas. Diez días de asedio de las tropas de Muamar el Gadafi a Ajdabiya, cruce de caminos estratégico, son historia desde hace pocas horas. Los rebeldes acaban de reconquistar la ciudad libia en un campo de batalla que parece un acordeón. Los soldados se han retirado. Un duro golpe para el coronel al mando en Trípoli, y una inyección de moral para unos rebeldes que el domingo pasado, con los tanques del déspota en la puerta de Bengasi, temían un baño de sangre. Pasa media hora del mediodía y docenas de insurgentes disparan al aire sus ametralladoras y baterías antiaéreas. El júbilo es desbordante y el estruendo, ensordecedor. Gritan “Dios es el más grande” mirando al cielo, desde donde los aviones aliados dispararon de madrugada sus misiles contra los militares leales al tirano. Los pocos civiles que resistieron el cerco agradecen la ayuda extranjera. Sin ella, Ajdabiya sería aún un infierno.
    Muamar el Gadafi

    Muamar el Gadafi 

    A FONDO

    Nacimiento:
    1942Lugar:
    Sirte

    Libia

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    Capital:
    Trípoli.Gobierno:
    República Popular Socialista.Población:
    6,173,579 (est. 2008)

“Secuestraron a familias enteras y nos cortaron agua y luz”, relata un vecino
Cazas franceses destruyen cinco aviones del régimen en Misrata
Los ataques de la coalición internacional ya hacen mucha mella. En la entrada occidental de la ciudad, decenas de cadáveres de uniformados yacen tapados por mantas, abrasados por los misiles. Los restos de los blindados, visitados en romería por curiosos, hombres, mujeres y niños, se esparcen al borde de la carretera mientras los sublevados marchan de nuevo en dirección a Brega, importante terminal petrolera. Tras su fulgurante avance inicial, los insurrectos retrocedieron hace dos semanas desde esta localidad, donde anoche volvían a atacar a los soldados.
Trípoli queda aún muy lejos. Pero al menos terminó el calvario para Ajdabiya, una población que se vació de sus 100.000 habitantes. “Nos han rodeado durante días. Entraban con sus camionetas y disparaban contra las casas. La gran mayoría de mujeres y niños huyeron. No teníamos luz, ni gas para cocinar, ni agua corriente. Sobrevivimos porque en muchas casas tenemos depósitos de agua subterráneos, y usábamos conversores eléctricos para poder seguir las noticias por televisión”, relata Abdalá, casado y padre de un hijo. La angustia se refleja en su rostro cuando habla de las tropelías perpetradas por el Ejército. Los destrozos de los conductos de gas son poca cosa.
“Secuestraron a familias enteras y al conductor de los cuatro periodistas detenidos de The New York Times. Se llama Mohamed Shakluf, es mi vecino, su coche todavía está en la puerta oriental de Ajdabiya”, asegura Abdalá. “Los rebeldes salían al paso cuando los militares hacían incursiones en camionetas. Pero desde el miércoles, cuando supimos de los secuestros, atacaron todavía más”. La coalición internacional podía estar al tanto. “En los tres últimos días bombardearon con más fuerza”, sonríe este empleado de una empresa petrolera.
Los destrozos en muchos barrios saltan a la vista: cientos de edificios con boquetes de un metro o ametrallados, hogares de una planta -como casi todos en esta extensa ciudad- convertidos en escombros, coches y vehículos militares calcinados en varias calles, lugares de recreo destrozados… “Los hombres de Gadafi robaron en los supermercados. Mira, arrasaron la farmacia”, dice Muftasaid, un cincuentón, mientras pisa frascos de medicamentos.
Es la hora del regreso para miles de familias que buscaron refugio en la cercana Suluk -tumba de Omar el Mujtar, prócer de la rebelión contra la colonización italiana, cuya sepultura en Bengasi fue desmantelada por Gadafi- y en otras ciudades de Cirenaica. Nunca partió la familia de Abdalá, agradecido al extranjero por su sola presencia. No extraña la gratitud de los lugareños en Ajdabiya, ni en Bengasi. Gritan sus vivas a Francia, a EE UU; hacen ondear banderas de Catar, de Egipto, de España… Sí sorprende un punto al enviado que enarbolen enseñas de Italia, la potencia que en 1931 ahorcó a Omar el Mujtar. “El pasado es el pasado. Sabemos que el pueblo italiano está con nosotros”, apunta un amigo de Abdalá.
Algo parecen estar aprendiendo los rebeldes, o algún mando ha impuesto cierta cordura para que los insurrectos dejen de lanzarse al combate siguiendo el lema escrito en tantos carteles en Bengasi: “Pechos desnudos contra balas”. Disfrutan ahora de la ventaja que antes tenían sus enemigos. El espacio aéreo juega a su favor. Son puro entusiasmo. Lo contrario que debe de sentir el coronel que manda en Trípoli. El viernes ascendió a todos los militares por su “coraje en el combate contra el asalto colonialista de los cruzados”. Decenas de ellos, los muertos en Ajdabiya por los misiles de la alianza, no disfrutarán sus nuevos galones.
Las huestes de Gadafi han dado media vuelta en Libia oriental, pero en Misrata -la única ciudad de la mitad occidental que resiste el asalto, a 200 kilómetros de Trípoli- arremetieron ayer con furia contra civiles y milicianos, aseguraban a Reuters varios vecinos. Aviones de la coalición intervinieron en la zona y lograron frenar el bombardeo. Cazas franceses destruyeron cinco aviones y dos helicópteros del régimen.
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